
Doña Colombia, mi suegra, me fue a buscar a Santiago para pasarme unos dias en Montecristi. Yo feliz porque mi maridito ya me hacía falta.
Hicimos diligencias para una casa y esperamos que se desocupara una de Calú A., cerca de los suegros. También establecimos como fecha de la boda religiosa el 30 de octubre. Esto alegró mucho a mamá porque Vielka no se pudo casar por la iglesia ya que Rafael era divorciado.
Ya en Santiago, recibí visitas de María Elena y de Lil, ésta última me trajo el juego de cucharitas de café que aún conservo. Y el día 30 me casé por la iglesia, por el Concordato. Ese día muchos amigos y familiares de Carlos comieron en casa, incluyendo al poeta Juan G., quien se la pasó recitando sus poemas. Ya mencioné que el hijo de Juan, Felipe, estaba muy enamorado de María Elena para entonces. Recuerdo que me casé con un vestidito azul marino cuello alto y mangas tres cuartas, de gró y con mantilla negra.
Y así vine a vivir a Montecristi, a este pueblo que tantos recuerdos, malos y buenos me traerá siempre.
Siempre dicen que cuando uno se casa termina su vida y comienza su historia. Hay algo de cierto en esto.
Vine aquí dispuesta a no hacer amistad con nadie pues aquí querían que él se casara con Cleopatra (la novia que él tenía aquí) y me hicieron muchos desaires pues casi todo el mundo era familia de ella. Eso me creó mucho recelo con las amistades de Carlos.
Los primeros meses fueron sublimes, Carlos estaba maravilloso. Nos instalamos en la casa que queríamos. Carlos fue operado de apendicitis y le fue bien. No hice amigas en ese pueblo al principio por ser una ¨Recién llegada¨. Mis verdaderas y viejas amigas de siempre se portaron maravillosamente. Carlos me hizo sentir segura con su cariño. María Elena me escribía casi a diario.
Fue entonces cuando conocí a Minerva M. Yo ya la conocía de vista en Santiago cuando ella visitaba el colegio Sagrado Corazón a ver a su hermana María Teresa. Todas las niñas admirábamos a Minerva, pues era muy linda. Siempre recordaré cuando ella entraba al colegio manejando su Ford blanco convertible, vestida de blanco, guantes y el largo pelo negro recogido en la nuca en un moño. Radiante visión que nunca olvidaré!
Pasó el tiempo y volví a verla en 1955, en Montecristi, pues ella era la prometida de Manolo, un primo hermano de Carlos. Manolo era un hombre maravilloso y nos caímos bien mutuamente, nos gustaba leer, me dijo que se casaría pronto y así fue, pues como a los dos meses fue la boda y me alegré muchísimo. Fue entonces cuando volví a verla, una Minerva distinta a la de los días del colegio, algo mayor pero igualmente maravillosa. Impresionaba su forma de ser, de hablar y su gran inteligencia, además cuando sonreía lo hacía con la cara entera pero sobre todo con sus ojos.
Nos dimos cuenta de que seríamos grandes amigas.
Ella estudiaba derecho en la capital y nos veíamos muy poco entonces.
Cuando nació Tamarita, en junio 20 del 1956, Manolo y Minerva fueron al hospital a verme y se pasaron mucho rato conmigo.
A veces coincidían en casa María Elena y Minerva, quien tenía un avanzado estado de embarazo de Minou, que nació dos meses después de Tamarita.
Nuestras hijas y esposos era primos y nuestra afinidad y cosas en común nos convirtieron en las mejores amigas del mundo.

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