martes, 3 de marzo de 2009

TAMARA CONOCE A SU ESPOSO (1952-1954)


Para fines del 1951 fui a un juego de pelota al play y conocí a Carlos, muy de lejos, y me gustó. Sé que para él todo era un ¨relajo¨ pues no pensaba en serio y para mí también lo era. Nos miramos mucho, cosa que todos notaron y cogieron a juego. Luego, en otro juego de pelota, esta vez con Ballillo y otro hermano de él, Carlos estaba y no dejé de mirarlo. El ni sabía que yo estaba allí y tuve que meterle un pie cuando me pasó por al lado. Tropezó y me miró. Ballillo estaba mi lado y lo notó. Ya sospechaba algo y se puso muy triste y eso me dio mucha pena porque era algo inevitable. Desde entonces Carlos y yo comenzamos a encontrarnos en diversos lugares. Recuerdo como ahora que la primera frase que me dirigió Carlos fué:
-Lo único que quiero que sepas es que no me caso hasta que tenga 30.
Esto me causó mucha risa y le dije:
-¿Y a mí que me importa?.
El tenía 27 y yo 19. Me dí cuenta, con el paso de los días, que Carlos me gustaba mucho, mucho y que pondría toda mi experiencia, que era bastante, en juego por él. Sabía que sería una lucha fuerte, pues él era muy parrendero y por su mente no pasaba ni de juego el matrimonio. Pero aun estaba Ballillo. Recuerdo que el primer día que él me dejó ver algo fue un día en el Antillas. Yo estaba con él, sus hermanos y sus novias. En eso entró Carlos con un amigo y se sentaron frente a nosotros. No me apeó los ojos y para mí era como un imán. Imagino cuanto sufrió Ballillo. Estaba muy serio y nervioso. Un vaso se le rompió en la mano y se llenó de cerveza la ropa. Tenía aguados los ojos y me dijo:
-Tengo que hablar contigo algo muy importante, pero no te lo diré ahora. Vuelvo al campo pasado mañana y te lo diré antes de irme.
Yo sabía a lo que se refería y le insistí que me lo dijera, pero no quiso. Yo miraba a Carlos de una forma mas notoria para que Ballillo terminara conmigo y yo quedar libre para actuar. No sé por qué, pero nunca terminaba los amores y a veces pasaba chascos que me daban risa. Una vez en una fiesta yo estaba sentada entre Cucho y César y se fue la luz, entonces ambos me cogieron cada uno una mano. En fin, volviendo a Ballillo, quedamos en juntarnos en el cine, al otro día. Entré al cine y él me esperaba y nos sentamos muy atrás. Hablamos mucho, él más que yo, y fue para mí una nueva experiencia, me dí cuenta que no se puede jugar con los sentimientos humanos, fue la primera vez que veía a un hombre llorar como un niño. Me decía:
-No vuelvas a jugar con los hombres. Me muero de la verguenza, en casa tenían lo nuestro como algo serio, seguro.
Y así miles de reproches más.
Yo me desesperé, vi lo horrible de mi conducta y le rogué que me perdonara. Lloré también y sin desearlo le pedí otra oportunidad, luego le culpé de otras cosas y creo que allí finalizó todo, salí del cine y me fui a casa. Quizás hablamos una o dos veces antes de casarme. Jamás volví a verlo y cerré ese capitulo, pero segura de que al terminar le tomé más cariño y admiré más porque sé lo mal que me porté con él.
Tuve otros enamorados durante ese período, Radhamés C. y después Bienvenido G., a quien besé sin conocerlo solo porque lo encontraba muy tímido y campesino y yo pensaba que le estaba haciendo un favor. Ni idea del concepto que tuvo de mí despues de eso. Total, sé que lo hice feliz por un momento y a mí no me costó nada.
Pues bien, era 1952 y Carlos y yo ya salíamos formalmente como novios. Llenaría páginas hablando de él. Era muy bueno y cariñoso pero ni por la mente le pasó al enamorarse de mí que eso pararía en matrimonio. Recuerdo que Betty, su hermana, le dijo al saberlo:
-Ten en cuenta que son gente muy seria y no quiero que los pongas de mojiganga.
No sé que le habrá respondido Carlos, solo sé que él tenía una novia, pero yo era especial, no lo celaba, pues yo continué con mi vida de siempre. Yo ya había salido del colegio y estudiaba comercio en la Academia Santiago.
En unos dias que estuve en la capital visitando a Vielka, comencé a salir con un chico llamado Bolívar A., que lo único que hicimos fue ir a ver películas en el cine Santomé.
Regresé a Santiago. María Elena estaba casada en la capital con Bartolo A. Para entonces, mi amiga Lil era modelo de Vogue en Nueva York y se había divorciado, y cuando regresó a Santiago se puso loca con un pelotero llamado Luis R. y yo era el enllave para sus citas.
Carlos había regresado a Montecristi, su pueblo, y yo estaba sola en Santiago, asi que me puse a trabajar en el Liceo Musical como secretaria de la directora. Un joven, Belarminio C., bello y más joven que yo, se enamoró de mí y me gustó. No le importaba que yo estuviera casi de bodas, porque me llamaba mucho por teléfono y fuimos al cine varias veces. Lo dejé cuando supe que estaba diciendo cosas que jamás ocurrieron, salvo en su imaginación.
Para entonces Cucho apareció de nuevo y César de vez en cuando y por último, un ser raro, desconocido, algo nuevo en mi vida, un artista, Felipe G. Ya yo lo había oído mencionar por Lil, y sé que él había preguntado sobre mí. Era decorador en El Gallo. Yo iba a verlo trabajar y él ni me miraba. No era un "tipo", fisicamente hablando. Un día nos presentaron y me pidió que le guardara un asiento a mi lado en el cine. No lo hice y se sentó detrás de mí. Desde entonces fuimos muy amigos, nos quisimos mucho sin nada sexual entre nosotros. Para él, ESO era indiferente.
Mis padres eran amigos de los padres de él (era hijo del poeta Juan G.). Sabía que yo estaba lista para casarme y me repetía una y otra vez que yo no nací para el matrimonio, que yo tenía frente a mí un horizonte sin límites con mi arte y miles de cosas más que nunca le tomé en serio. Era muy desprendido, pues para un cumpleaños de Carlos, él fue quien me preparó y escogió el regalo.
Después de que se fue a vivir a la capital nos fuimos alejando poco a poco.

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